Personajes y Lustres
Saúl Bass: las películas ya no tienen nombre
›› Por Iván Gallo Sanabria
Entro al cine y la película se presenta ante mí de frente, insolente,
como una cachetada. La industria ha determinado que esto son aspectos
secundarios. La industria cree en las encuestas y confía en ellas. Al pueblo no
le interesa sinceramente quién pueda ser el responsable de sus horas de
diversión. Con el título basta y esto es algo demasiado frío. Existe una
confusión, ¿estos todavía son los trailers o es el filme que he venido a ver? A
los pocos minutos de empezar la película ya tengo la primera desilusión y la
mente traicionera me hace pensar en épocas mejores.
Se escuchan las notas profusas, rebeldes, cuchilladas de violines
chillones. En el rasgueo de los créditos entendemos de entrada que estamos ante
un clásico. Psicosis desgarra desde
el principio. Los nombres se disuelven, se cortan como un psicópata devorando a
dentelladas de metal el hermoso cuerpo de Janet Leight. Sacudo la cabeza y me
trato de concentrar. Necesito el trago inicial, es mejor cuando las fiestas
tienen una gran canción antes del primer brindis, la canción que nos ponga en
onda. Ir al cine era una fiesta en la época en que a golpes del piano de Duke
Ellington podíamos ver el croquis de un muerto.
Los créditos, sanguinarios, psicópatas, van desmembrando los pedazos del
cuerpo y encima de ellos ponen los nombres de los hombres que le dan vida a la
película. Sobre un brazo leemos que James Stewart, Lee Remick y el gran Ben
Gazzara serán las piezas que Otto Preminger moverá como piezas de ajedrez en su
maravillosa Anatomía de un asesinato.
Fue precisamente este alemán odiado por los productores, pero que ante su genio
indiscutible tenían que resignarse a contratarlo, quien descubrió a Saúl Bass,
un joven diseñador gráfico dedicado a la publicidad, que con el tiempo se
convertiría en el más reconocido de los hacedores de créditos de la historia.
Preminger le encargó diseñar el póster de su película Carmen Jones. Le habrá gustado tanto el
trabajo del diseñador neoyorquino que le dio la responsabilidad de hacer los
créditos para su filme. Carmen Jones
está lejos de ser una obra maestra y uno de los pocos aciertos que posee radica
en lo creativo, ingenioso y original de sus títulos iniciales. A partir de ese
sorprendente comienzo, los grandes directores de Hollywood querían contar con
los servicios de Saúl Bass.
En esos momentos, Billy Wilder convertía en ícono a Marilyn Monroe en la
famosa escena del viento del subte levantando la falda de la diva, desatando la
ira del siempre celoso Arthur Miller y la lascivia de miles de hombres que
aullaban como lobos al ver las piernas de la blonda. Seguramente, La tentación vive arriba hubiese sido un
éxito de taquilla por esa escena, pero no sería el clásico que es ahora sin los
maravillosos títulos iniciales que fabricó Bass para el cáustico realizador
austriaco.
Sus genéricos, entonces, fueron requeridos por los grandes cineastas de
finales de los cincuenta. Robert Aldrich, Stanley Kubrick, Martin Ritt y
William Wyler engrandecieron sus obras poniendo antes de cualquier escena la
fabulosa impronta de Saúl Bass. Pero fue su estrecha y, en algunos casos,
sospechosa relación con Alfred Hitchcock lo que lo pondría en un sitio
destacado dentro de la historia de Hollywood.
Los genéricos de Vértigo son
considerados por muchos especialistas los más impactantes que se hayan
realizado jamás. En su estudio sobre la inmortal obra, José Luis Castro de Paz
habla de la importancia que tuvo dicho trabajo: «Hitchcock le encargó la
elaboración de unos títulos de crédito que -como después los de North by Northwest o Psycho- anticipan no sólo algunos de los
principales núcleos semánticos del filme, sino la forma misma que, en cierta
manera, lo preside. Bass estudió con detenimiento las indicaciones de Hitchcock
y diseñó unos genéricos que, acompañados del primer tema musical, Preludio,
forman un homogéneo preámbulo, previo al inicio de la narración, de gran
potencia metafórica y en total armonía con el texto».
Uno se puede imaginar al gran maestro obsesivo haciendo sentar a su
director musical, Bernard Hermann y a Bass tratando juntos de crear un
conjunto, una unidad. Sin esos créditos acompañados brillantemente por la
composición de Hermann, uno no podría explicarse la obsesión fetichista,
necrófila de un perturbado James Stewart. El ojo que mira, que cambia, que se
hunde en un espiral hipnótico; Kin Novak cayendo una y mil veces al maldito
tejado de esa orden religiosa.
En el artículo de Alberto Echavarrieta «Saúl Bass, maestro del diseño»
dice el propio diseñador sobre su trabajo en Vértigo: «Mi colaboración con Hitchcock fue corta, pero fecunda.
Cuando iba a rodarla, me llamó porque quería hacer algo diferente en la
presentación de la película. Era la historia de un detective que sufría terror
a las alturas. Un argumento inquietante que había que cuidar mucho […] para Vértigo me centré en la vista,
concretamente en un ojo, y a partir de ahí tracé una serie de espirales que
tenían mucho que ver con la historia que se contaba».
La colaboración con Hitchcock terminó de la peor manera en Psicosis. Al parecer Saúl Bass fue el
responsable de la famosa secuencia del asesinato en la ducha.
Los Story Board los dibujó él, pero el creador de Marnie argumentó que si bien Bass los dibujó, fue siguiendo sus
propias instrucciones. El asunto no quedó zanjado en parte porque al diseñador
no le interesaban ese tipo de disputas. Siempre fue un hombre de perfil muy
bajo, imbuido en el trabajo que realizó apoyado por su esposa, la también
diseñadora Elanie Bass.
Su experiencia trabajando al lado de los más grandes lo impulsó a
dirigir sus propios cortometrajes, uno de ellos Why man creates ganó el Oscar en 1968. En 1974 realizó su sueño de
dirigir un largometraje, pero el descalabro que sufrió tanto en crítica como en
taquilla Phase IV lo desalentó a
seguir haciendo ese tipo de proyectos.
Al final de su vida, cuando todo el mundo comenzaba a olvidarlo, Martin
Scorcese lo sacó del ostracismo al encargarle los impresionantes, raudos y muy
baussasianos genéricos de Goodfellas.
Con Scorcese realizó dos películas más: la irregular Cabo de miedo, donde una copia descarada de las partituras de
Bernard Hermann hace juego con los créditos disolviéndose en el agua, y en la
infravalorada La edad de la inocencia.
Allí los genéricos hacen contraste con las rosas que se abren de una manera
obscena. Este sería su último trabajo.
En 1996, con la discreción en la que vivió, Saúl Bass dejó de existir.
Su ausencia pesa en estos tiempos de lluvia y frío eterno. La película termina
y, antes de que aparezcan los créditos, encienden las luces. La gente se ajusta
la gabardina y va saliendo con la cabeza agachada, como si en el lugar en donde
alguna vez tuvieran la cara estuviera un hueco profundo y negro. Es
comprensible esa tristeza en un mundo donde las películas ya no tienen nombre.