En la historia de
la humanidad no hubo sociedad alguna que no considere al hombre un ‘ser
social’. Este rasgo distintivo permite, por un lado, que los modos de vida
inspiren maneras de pensar y, por otro, que los modos de pensamiento creen
maneras de vivir. Esta relación del hombre con el pensamiento es la filosofía:
la vida busca activar el pensamiento y el pensamiento, a su vez, afirmar la
vida para inventar y crear nuevas posibilidades de cómo vivir.
Pero en
Occidente, a partir de la consolidación del orden capitalista, las filosofías
de la vida fueron consideradas sospechosas. Portaban el peligro de tomar al
pensamiento como un juego intenso, un camino de exploración para crear nuevas
sensibilidades que podían desembocar en cuestionamientos a cualquier sistema
que redujera el cuerpo a una maquina servil, que condicionara la existencia
vitalista.
El ensayo Hacia la Vida Intensa. Una Historia de la
Sensibilidad Vitalista, de la socióloga y ensayista María Pía López, aborda
todas las polémicas que se generaron a partir de la consolidación del vitalismo
como filosofía y como práctica estética y política.
–
¿Por qué te parece que las vanguardias encarnan un rasgo de peligrosidad, desde
dónde surge esa carga, cómo se puede rastrear?
– A partir de la década del 20 se empieza a ver a
las vanguardias como algo peligroso con la aparición del fascismo.
Particularmente, a partir del 24 con la Marcha sobre Roma de Mussolini y la
operación que él realiza declarándose lector de Sorel y, por otro lado, el
futurismo, la experiencia de vanguardia italiana, se declara fascista.
Entonces, tanto el vitalismo como las vanguardias aparecen allí ligadas al
fascismo. Esto tendrá como un nivel interpretativo muy claro cuando aparece en
los ’50 el Asalto a la razón de
Lukacs, que considera, desde una perspectiva marxista, a todas las discusiones
de las filosofías de la vida respecto a las críticas a la racionalidad
instrumental generadoras de los
presupuestos filosóficos y sensibles capaces de allanar el camino hacia el
totalitarismo. Aquí, Lukacs contradice, no sólo sus escritos juveniles, sino también
a Bergson, Simmel, Weber, Sorel, Nietzsche. Este momento genera las bases
interpretativas de lo que paso anteriormente. De hecho, el único que discutió
esta concepción fue Georges Bataille, mediante un esfuerzo muy grande para
sostener que Nietzsche no pertenece al nazismo, dado que siempre está
produciendo un desborde antitotalitarista.
El argumento es
por demás interesante: la filosofía nietzscheana es antijerárquica y tiene un
carácter irruptivo final muy fuerte que puede pertenecer tanto al fascismo como
al comunismo. Sin embargo, la lectura triunfante durante todo el siglo XX será
la de Lukacs.
–
¿No te parece una lectura un tanto liberal?
– Es una mirada que afirma la primacía de las
fuerzas productivas en el sistema analítico sustentado en las relaciones
sociales de producción para pensar todo el devenir social y, por otro lado, es
explícitamente racionalista, lo cual se liga fuertemente con el liberalismo. Lo
que discute es que haya otro presupuesto organizador de la sociedad que no sea
la razón. Esa hipótesis es muy fuerte y condena a las filosofías de la vida y
al vitalismo, la cual se retoma en las lecturas de las vanguardias que hace
Hobsbawm, quien ve en la rebelión cultural una amenaza. En Argentina, quien
sustentará esta postura es Sebreli. Hay un dato que me interesaba remarcar que
es que las filosofías de la vida estaban muy ligadas a los movimientos de
izquierda, al Partido Comunista Italiano con Gramsci, al marxismo
latinoamericano de Mariátegui. Esta polémica, que parecía tan vieja, se
actualizó en un contrapunto que sostuvimos hace algunos años entre La Escena
Contemporánea y El Rodaballo, que nos acusaron de fascistas y populistas
(risas). Categorías muy interesantes para pensar las políticas de América
Latina como la idea del ‘mito’ o toda la dimensión crítica de la razón había
que tirarlas por la borda.
– Cuando hablabas de la polémica con El Rodaballo se me
venía a la memoria la carta de Oscar Del
Barco-polémica también- que intenta vincular al fascismo con la guerrilla, con
la violencia política.
– En el caso de Sebreli no es tanto el fascismo
como sí el totalitarismo en general, donde enfatiza una posición ultra liberal
y un racionalismo con consecuencias políticas liberales. Lo distinguiría
también de la carta de Del Barco, la cual llega a una posición que no se podría
delimitar a los términos del liberalismo porque construye un humanismo donde la
vida se presenta como ‘vida pura’ sin atributos ideológicos. De todos modos, la
argumentación más interesante es la de León Rozitchner diciendo que el presupuesto
de una sociedad no puede ser, como cree Del Barco, el ‘no matarás’, que es una
medida restrictiva, sino el ‘debes vivir’. Con esto, León lleva la cuestión a
un materialismo vitalista más asociado a la historia y siempre preocupado por
cuáles son las condiciones históricas que permiten a los hombres vivir o no.
– En ‘Hacia la vida
intensa’ señalás que “el siglo XX fue inaugurado por una explosión de
movimientos artísticos, filosóficos y políticos”; el pragmatismo en la
filosofía y el expresionismo en el arte. ¿Cómo definirías el comienzo del siglo
XXI en relación con esta idea?
– Tengo la impresión de que esas discusiones
tuvieron su continuidad más fuerte en este siglo fundamentalmente en el modo en
el que reapareció Nietzsche en la escena filosófica, cuya vuelta tiene que ver
con la relectura que opera la filosofía francesa en las últimas décadas. El
modo en que Foucault releerá a Nietzsche, como núcleo central para pensar el
poder, no será igual al modo en que lo leerá Deleuze, que construye un Nietzsche
totalmente purgado de su devenir fascista. Entre estos dos movimientos
inauguran un nuevo modo de crítica de la razón, distinto a todo lo del siglo
XX.
En cuanto a los
movimientos de arte político, hay una transformación hacia lo más conceptual,
de intervención, y también hacia la constitución de formas más de ‘colectivo’,
donde hay un eco de las antiguas vanguardias. Lo que no está muy claro es
aquella voluntad de producir una innovación en el terreno de obra, una ruptura
en el interior de los cánones de construcción y valoración de la obra, como sí
tuvieron las vanguardias del siglo XX, quienes discutieron qué se entiende por
obra de arte. Hoy los colectivos están más vinculados a producir intervenciones
en la vía pública.
–
Hay una línea argumentativa en el libro que remarca la idea de que “la historia
no es la hechura de los individuos ni de la totalidad de la sociedad en su
conjunto, sino más bien que el motor de la historia es el desarrollo de la
sensibilidad vital”, ¿podrías desarrollar qué significa este concepto?
– En general, lo que se suele llamar ‘epoca’ es
algo que proviene de ciertos enunciados, imágenes, valores que se ponen en
juego aunque no sean realizados por la mayoría de la sociedad. Cuando decimos
“los 70”,
nos referimos a un conjunto de prácticas, movimientos, activismos que ocupaban
un porcentaje muy pequeño de la sociedad argentina, incluso en el momento de
mayor fervor militante. En el caso de las dos primeras décadas del siglo XX, la
atmósfera es de una sensibilidad vitalista porque no hay quién escriba un
manifiesto o una obra sin poner en juego la categoría ‘vida’. En ese sentido,
una historia de la cultura es también la historia de esas formas móviles y
minoritarias y cómo impregnan.
– A
propósito de esta atmósfera, hay un gran espacio dedicado a proyectos
editoriales como Inicial, Valoraciones, Martín Fierro. Sobre ésta última,
apuntás que trata de inscribirse en una tradición literaria nacional,
dialogando con las innovaciones del mundo contemporáneo. ¿Qué fue lo que más te
sorprendió de esta indagación?
En el caso de
Inicial, vemos un proyecto que se considera de vanguardia, con ideas heredadas
de la Reforma Universitaria de 1918. Lo que es digno de remarcarse de este
momento histórico es esa vinculación del movimiento universitario, con su
ruptura filosófica con el positivismo, y las vanguardias estéticas, que tendrá
su piedra de toque con la vuelta de Borges a la Argentina. Está el caso de la
revista ‘Clarín’, que es un proyecto en el que participa Carlos Astrada y es de
corte mucho más vitalista que las otras. Los primeros textos de Astrada son
también fantásticos.
Las revistas son
expresión de un colectivo, un grupo que piensa en una intervención pública. Al
hacer esto, se piensa en términos de campos antagónicos, sea explícito o no.
Hay un desarrollo histórico que no culmina en la década del 20: en los ’60, ’80
y ’90, de muy distinto modo, existen expresiones culturales muy interesantes y
proyectos editoriales increíbles, que en el caso de la década pasada tenían que
ver con el cierre de la esfera política, por lo cual las revistas eran el campo
de elaboración de posiciones políticas. Las polémicas entre El Rodaballo, El
Ojo Mocho, Escena Contemporánea son un ejemplo.
–
Quizás a partir de 2001 se aprecie un quiebre en este sentido. ¿Cómo ves este
momento histórico, la última década?
– El escenario político cambió muchísimo con la
irrupción del kirchnerismo, que puso un corte tan claramente que hace difícil
que quienes estamos de este lado nos peleemos tan duramente entre nosotros como
para producir esas polémicas. En general, no hay demasiados canales de diálogo
con los otros.
–
Ahora bien, el libro expresa una invitación a la polémica desde un espíritu libertario
y vitalista. ¿No te parece contradictorio, desde ese espíritu, adscribir a un
gobierno reformista o liberal?
– No, porque tiene que ver con la caracterización
del gobierno. En todo caso, es el reformismo práctico más interesante que ha
tenido la historia política argentina. Al mismo tiempo, el kirchnerismo se va
construyendo, es el modo más intenso de leer lo que se abrió en el 2001, esa
dislocación tan fuerte de la institucionalidad representativa y cómo operar
ciertas consecuencias para construir una gobernabilidad distinta. En tanto gobernabilidad
distinta, es obvio que es constitución de un orden fijo, el Estado es esa
institucionalidad que pone regulaciones en funcionamiento. La novedad estriba
en que va hacia las instituciones ya conocidas de un modo que es ir escuchando
lo que se produce por fuera, todos los enunciados de valores que se producen
fuera, se lo reconoce y se lo toma en consideración; Ley de Medios, Matrimonio
Igualitario, ese diálogo con lo que desborda y recrea lo hace un movimiento
político en estado de apertura y es una dinámica muy interesante.
–
¿Podríamos llamarlo vanguardista?
¡No, es
demasiado! No hay voluntad vanguardista en este gobierno.
(Risas).
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