viernes, 27 de abril de 2012

Shaka Zulu: el lenguaje como dominio de las almas


«La guerra tiene que ser un
proceso vital y creativo.
Un hombre elegido para lidiar
con la vida y la muerte en batallas
tiene que ser un artista»
Shaka Zulu.
›› Por Macedonio Ulianov

   La obra escrita por Joshua Sinclair y dirigida por William C. Faure está dividida en 10 episodios, en los cuales se cuenta la historia del reinado de Shaka Zulu en África, entre 1816 y 1828, y la llegada del imperio británico a ese continente. La importancia de este encuentro estriba en que Shaka fue el fundador de la gran nación e imperio Zulu, además de ser considerado uno de los mayores genios militares de la historia, al nivel de un César o Alejandro, el grande; capaz de comandar más de 80 mil guerreros, su imperio ha sido comparado con el de Napoleón, en extensión y poder.
   Postularé que la relación que se establece entre los nativos y forasteros permite la concreción de un sincretismo cultural, pero también sirve para comprobar que es en el lenguaje donde se hace efectiva la hegemonía.
   Los tópicos literarios en los cuales Sinclair y Faure ponen el peso del relato van desde  leyendas de fuerzas sobrenaturales, grandes profecías y hechizos mágicos hasta el forjamiento de su espada como una fábula de Escalibur, sin prescindir de una redefinición del concepto de guerra o de apelar a recursos psicológicos como el complejo de Edipo para fundamentar el argumento de la trama.
   La obra comienza contando la situación de incertidumbre de los colonos británicos en Ciudad del Cabo, en 1817, a raíz del avance de las tropas guerreras de Shaka. El gobernador de la colonia, Charles Somerset, pide ayuda al Reino Unido y le envían al excéntrico teniente Francis George Farewell, interpretado por Edward Fox.
   Lo que motiva al teniente a embarcarse en la ardua empresa de buscar una alianza entre Shaka Zulu y el Rey George IV es crear una compañía comercial para traficar marfil desde África hacia Europa. Esta es su respuesta al ofrecimiento por parte de las autoridades británicas: «no estamos a su altura. Siglos de conocimiento no transforman a nadie más fuerte a nivel militar. No lo conquistaremos con miedo, sino con vanidad, la mayor debilidad humana».
   Aquí surge el primer elemento de sincretismo cultural del film en boca de Farewell: «la única forma de que la Corona preserve sus territorios en África, Asia o América es sacarnos la hipocresía y comenzar a tratar a los otros como iguales. Ese es el verdadero mensaje cristiano».
   En el contingente formado por Farewell para llegar al territorio Zulu sobresalen el doctor Henry Fynn –interpretado por Robert Powell–, el comerciante judío Sacarías Abrahams y el profesor Piet Bramston –Gordon Jackson–. En el primer diálogo de este último con Shaka, se produce la incursión del rey Zulu al lenguaje escrito: Shaka lo interroga para saber en qué consiste la acción de leer y escribir. «Esta palabra escrita significa “Shaka”», le dice Piet, luego de tomar un trozo de carbón y escribir sobre un cuero su nombre. « ¿Ese soy yo?», pregunta el rey. Bramston repone: «es una representación visual de tu nombre». Shaka desconfía de que los trazos sirvan para hechizos o brujerías. El profesor le explica que eso trazos sirven para transmitir ideas y sentimientos a larga distancia, y que la escritura es mejor que los mensajeros, dado que a través de ella «tienes la certeza de que lo que dices es transmitido exactamente por tus palabras; la escritura también sirve para guardar lo que dices hoy, de forma que eso sea transmitido a las generaciones futuras».
   Luego de un agotador viaje de 10 días, en el cual el doctor Fynn le salvó la vida a una muchacha nativa –hecho que les traerá consecuencias peligrosas–, la tripulación de Farewell llegó a la aldea Zulu, Kwa Bulawayo (el matadero), para ser presentada ante el rey, pese a la desconfianza del consejero de guerra de Shaka, Ngomane, y de la curandera más poderosa del reino, Sitaye, quien regía el destino del rey desde su concepción.
   En la ceremonia de presentación surge el segundo elemento de sincretismo cultural: entre los regalos que le son entregados a Shaka, hay una cajita musical que emite una dulce melodía de Mozart. Es conmovedor ver cómo al rey se le caen las lágrimas al escucharla.
   En este punto, Sinclair y Faure generan una ruptura del relato para contar la historia del arrogante príncipe Zulu, Sensagakona, padre de Shaka, y su relación con Nandi, princesa de la tribu Elangeni –interpretada por la bellísima Dudu Mkhize– madre y eje central de la historia. La voz en off del doctor Fynn relatando los hechos corresponde a dos intenciones: por un lado, que la historia la cuente un personaje interno y, por otro, darle legitimidad a la novela, la cual está basada en los cuadernos de viaje del doctor.
   La concepción de Shaka cumplía con todos los requisitos de una antigua profecía en la cual el doctor Fynn no cree, pero que se ve obligado a desarrollarla por el fuerte arraigo que tienen los mitos en la tribu: “Nandi, hija de Bhebhe, de tu vientre nacerá el primogénito de un rey, que dará origen a una nación grandiosa de lanzas manchadas de sangre y escudos tronantes”.
   La humillación a la que son sometidos Nandi y Shaka por parte de Sensagakona, el rechazo que reciben por parte de su propia tribu, los obliga a huir, en un éxodo que se interpondrá profundamente con la actitud guerrera del futuro rey Zulu. Así se lo hace entender Makedama, un guerrero enemigo: « ¿Cuántos te ven por lo que eres, un asesino? Que contagia a sus ejércitos con la propia sed de venganza a sangre fría. Las guerras que haces son, en verdad, muy personales. Cada batalla es un juicio en el que el enemigo es condenado a muerte por haber hecho sufrir a tu familia. Cada aldea que incendias vale por la casa que te fue negada. Cada hombre que destripas es responsable por el sufrimiento de Nandi». Shaka le repone: «Sólo habrá una realidad, la guerra».
   Tanto su madre, Nandi, como así también su tía, Mkabayi, y la curandera, Sitaye, que es más bien una especie de arzobispo, son los tres puntos del triángulo dentro del cual se encuentra Shaka. La falta de la figura paterna, el éxodo que incluye la muerte de su abuela, Mfunda, y la humillación de la que es víctima, son hechos que forjan su personalidad.
   El revolucionario método de combate que introduce Shaka y que cambia la forma milenaria de luchar es presentado con una brillantez formidable por parte de Sinclair y Faure, a tal punto que logran la aceptación y el reconocimiento por parte del espectador, antes que la reprobación y la apostasía. En esta línea, Shaka expresa: «Para conquistar otra tribu se tiene que arrasar con ella», y más adelante, «nunca se deja un enemigo atrás, sino éste volverá para cortarnos la cabeza. No hay otra solución».
  Para entender la relación imperio-periferia Sinclair y Faure apelan a lo espiritual: «Si controlamos el alma de Shaka, controlaremos toda África», dirá Farewell. El siguiente diálogo entre Fynn y Shaka, a raíz de una pintura de Jesús crucificado es elocuente:
       ¿Cómo es que terminó allí?, pregunta Shaka.
       Fue traicionado por aquellos que más amaba, responde Fynn.
       Sí, es un error amar. Especialmente para un rey, concluye el monarca Zulu.
   Luego, Fynn comete el error de decirle a Shaka que Jesús es el rey de reyes, que es más grandioso que él, que si lo observaba bien, sus labios desde la cruz parecen decir: «perdónalos Padre, no saben lo que hacen». « ¿Perdonar?», interrumpe Shaka. « ¿Cómo es que alguien quiere gobernar con esa estrategia?». Fynn le explica que Cristo es el rey de los blancos y los zulus (primer plano de Sitaye, la curandera), que Él es el poder, que con Jesús en el corazón «eres más fuerte que cualquier regimiento». Sitaye inquiere: «si Cristo es el poder, ¿por qué es que no se salvó?». El doctor se queda en silencio ante la falta de respuesta y Shaka toma la palabra: «Cristo tuvo que morir para que los cielos me transmitiesen ese poder. Los cielos pertenecen a los zulus y Shaka es hijo de ellos».
   Hasta aquí tenemos: lenguaje escrito y cristianismo como elementos posibilitadores de un diálogo interétnico. Ambos permitirán la escena más conmovedora del film. En una pomposa ceremonia, el teniente Farewell hace lectura de un siniestro documento, para ser firmado por el monarca: «Yo, Shaka, rey de los zulus y del país de Natal, concedo así, el 7 de noviembre de 1824, con la presencia de mis jefes y por libre voluntad, por transferencia y venta a F. G. Farewell y compañía la posesión total, juntamente con las islas y la zona circundante con pleno derecho al marfil, los ríos, las minas y cualquier tipo de artículo de esa área».
   Shaka no sólo firma el documento, sino que declara ante su pueblo: «Estos hombres a partir de ahora serán respetados como si fueran reyes», ante la mirada adusta de su consejero de guerra, Ngomane, quien interroga a Shaka:
       Les das tierra, riqueza y rango de generales y jefes, ¿qué ganas con esta generosidad?
       El poder de su conocimiento.
       Sólo espero que su conocimiento no sea un conjunto de mentiras, o todo lo que construiste será de ellos.
   De los elementos presentes en estos diálogos y de los tópicos literarios sobre los cuales se construye el relato, se imponen tres características distintivas de la obra de marras:
1)      El imperialismo no sólo emplea recursos como la explotación, la militarización y la represión para efectuar su dominación en la periferia. El lenguaje es la herramienta principal para hacer efectiva la hegemonía del imperio.
2)     La hegemonía no se logra –siguiendo a Antonio Gramsci– por imposición del lenguaje de las fuerzas dominantes, sino por una aceptación del mismo por parte de los colonizados. El primer paso es el sincretismo cultural, una articulación entre ambas lenguas.
3)     Dicho sincretismo se logra mejor no por medios bélicos, sino espirituales o religiosos. Recordad la frase de Farewell: «Si controlamos el alma de Shaka, controlaremos toda África».
   Ahora bien, el lenguaje –en línea con Gilles Deleuze– presenta cuatro relaciones distintas en la proposición: la indicación, relación entre una proposición con un estado de cosas exterior, la cual tiene por elemento y criterio lo verdadero y lo falso; la manifestación, relación entre la proposición y el sujeto que se expresa; la significación, relación entre la palabra y conceptos universales, cuyo elemento es la condición de verdad; y por último, el sentido, es decir, lo expresable o lo expresado de la proposición. Lo expresado no existe fuera de su expresión. Por ello, no puede afirmarse que el sentido exista, sino solamente que insiste o subsiste.
   No nos podemos preguntar por el sentido de un acontecimiento: el acontecimiento es el sentido mismo. El acontecimiento pertenece esencialmente al lenguaje; está en relación esencial con él, siendo el lenguaje «lo que se dice de las cosas», parafraseando a Foucault.
   Con lo expuesto hasta aquí, es preciso señalar que el caso “Shaka Zulu” tiene plena vigencia en el presente y que aquello que fue el Imperio Británico bajo el reinado de George IV en el siglo XIX puede traducirse hoy en medios de comunicación, industria cultural, mercados  rentables, corporaciones.
   Dicha vigencia obliga a plantearnos el lenguaje de una manera menos inocente, no ya sólo como una mera capacidad de expresión del ser humano, sino como una zona de guerra o una situación de poder. Y poder tiene dos acepciones: poder-sobre, como praxis de dominio o capacidad de mando, y poder-hacer, como posibilidad o capacidad de autogestión. Si la guerra puede entenderse como un proceso vital y creativo, el lenguaje no puede ser menos que ello.

viernes, 20 de abril de 2012

Laissez-faire: Entrevista con María Pía López “Las filosofías vitalistas siempre han estado ligadas a los movimientos de izquierda”


   En la historia de la humanidad no hubo sociedad alguna que no considere al hombre un ‘ser social’. Este rasgo distintivo permite, por un lado, que los modos de vida inspiren maneras de pensar y, por otro, que los modos de pensamiento creen maneras de vivir. Esta relación del hombre con el pensamiento es la filosofía: la vida busca activar el pensamiento y el pensamiento, a su vez, afirmar la vida para inventar y crear nuevas posibilidades de cómo vivir.
   Pero en Occidente, a partir de la consolidación del orden capitalista, las filosofías de la vida fueron consideradas sospechosas. Portaban el peligro de tomar al pensamiento como un juego intenso, un camino de exploración para crear nuevas sensibilidades que podían desembocar en cuestionamientos a cualquier sistema que redujera el cuerpo a una maquina servil, que condicionara la existencia vitalista.
   El ensayo Hacia la Vida Intensa. Una Historia de la Sensibilidad Vitalista, de la socióloga y ensayista María Pía López, aborda todas las polémicas que se generaron a partir de la consolidación del vitalismo como filosofía y como práctica estética y política.

   – ¿Por qué te parece que las vanguardias encarnan un rasgo de peligrosidad, desde dónde surge esa carga, cómo se puede rastrear?
   A partir de la década del 20 se empieza a ver a las vanguardias como algo peligroso con la aparición del fascismo. Particularmente, a partir del 24 con la Marcha sobre Roma de Mussolini y la operación que él realiza declarándose lector de Sorel y, por otro lado, el futurismo, la experiencia de vanguardia italiana, se declara fascista. Entonces, tanto el vitalismo como las vanguardias aparecen allí ligadas al fascismo. Esto tendrá como un nivel interpretativo muy claro cuando aparece en los ’50 el Asalto a la razón de Lukacs, que considera, desde una perspectiva marxista, a todas las discusiones de las filosofías de la vida respecto a las críticas a la racionalidad instrumental generadoras de  los presupuestos filosóficos y sensibles capaces de allanar el camino hacia el totalitarismo. Aquí, Lukacs contradice, no sólo sus escritos juveniles, sino también a Bergson, Simmel, Weber, Sorel, Nietzsche. Este momento genera las bases interpretativas de lo que paso anteriormente. De hecho, el único que discutió esta concepción fue Georges Bataille, mediante un esfuerzo muy grande para sostener que Nietzsche no pertenece al nazismo, dado que siempre está produciendo un desborde antitotalitarista.
   El argumento es por demás interesante: la filosofía nietzscheana es antijerárquica y tiene un carácter irruptivo final muy fuerte que puede pertenecer tanto al fascismo como al comunismo. Sin embargo, la lectura triunfante durante todo el siglo XX será la de Lukacs.
   – ¿No te parece una lectura un tanto liberal?
   Es una mirada que afirma la primacía de las fuerzas productivas en el sistema analítico sustentado en las relaciones sociales de producción para pensar todo el devenir social y, por otro lado, es explícitamente racionalista, lo cual se liga fuertemente con el liberalismo. Lo que discute es que haya otro presupuesto organizador de la sociedad que no sea la razón. Esa hipótesis es muy fuerte y condena a las filosofías de la vida y al vitalismo, la cual se retoma en las lecturas de las vanguardias que hace Hobsbawm, quien ve en la rebelión cultural una amenaza. En Argentina, quien sustentará esta postura es Sebreli. Hay un dato que me interesaba remarcar que es que las filosofías de la vida estaban muy ligadas a los movimientos de izquierda, al Partido Comunista Italiano con Gramsci, al marxismo latinoamericano de Mariátegui. Esta polémica, que parecía tan vieja, se actualizó en un contrapunto que sostuvimos hace algunos años entre La Escena Contemporánea y El Rodaballo, que nos acusaron de fascistas y populistas (risas). Categorías muy interesantes para pensar las políticas de América Latina como la idea del ‘mito’ o toda la dimensión crítica de la razón había que tirarlas por la borda.
   – Cuando hablabas de la polémica con El Rodaballo se me venía  a la memoria la carta de Oscar Del Barco-polémica también- que intenta vincular al fascismo con la guerrilla, con la violencia política.
   En el caso de Sebreli no es tanto el fascismo como sí el totalitarismo en general, donde enfatiza una posición ultra liberal y un racionalismo con consecuencias políticas liberales. Lo distinguiría también de la carta de Del Barco, la cual llega a una posición que no se podría delimitar a los términos del liberalismo porque construye un humanismo donde la vida se presenta como ‘vida pura’ sin atributos ideológicos. De todos modos, la argumentación más interesante es la de León Rozitchner diciendo que el presupuesto de una sociedad no puede ser, como cree Del Barco, el ‘no matarás’, que es una medida restrictiva, sino el ‘debes vivir’. Con esto, León lleva la cuestión a un materialismo vitalista más asociado a la historia y siempre preocupado por cuáles son las condiciones históricas que permiten a los hombres vivir o no.
   – En ‘Hacia la vida intensa’ señalás que “el siglo XX fue inaugurado por una explosión de movimientos artísticos, filosóficos y políticos”; el pragmatismo en la filosofía y el expresionismo en el arte. ¿Cómo definirías el comienzo del siglo XXI en relación con esta idea?
   Tengo la impresión de que esas discusiones tuvieron su continuidad más fuerte en este siglo fundamentalmente en el modo en el que reapareció Nietzsche en la escena filosófica, cuya vuelta tiene que ver con la relectura que opera la filosofía francesa en las últimas décadas. El modo en que Foucault releerá a Nietzsche, como núcleo central para pensar el poder, no será igual al modo en que lo leerá Deleuze, que construye un Nietzsche totalmente purgado de su devenir fascista. Entre estos dos movimientos inauguran un nuevo modo de crítica de la razón, distinto a todo lo del siglo XX.
   En cuanto a los movimientos de arte político, hay una transformación hacia lo más conceptual, de intervención, y también hacia la constitución de formas más de ‘colectivo’, donde hay un eco de las antiguas vanguardias. Lo que no está muy claro es aquella voluntad de producir una innovación en el terreno de obra, una ruptura en el interior de los cánones de construcción y valoración de la obra, como sí tuvieron las vanguardias del siglo XX, quienes discutieron qué se entiende por obra de arte. Hoy los colectivos están más vinculados a producir intervenciones en la vía pública.
   – Hay una línea argumentativa en el libro que remarca la idea de que “la historia no es la hechura de los individuos ni de la totalidad de la sociedad en su conjunto, sino más bien que el motor de la historia es el desarrollo de la sensibilidad vital”, ¿podrías desarrollar qué significa este concepto?
   En general, lo que se suele llamar ‘epoca’ es algo que proviene de ciertos enunciados, imágenes, valores que se ponen en juego aunque no sean realizados por la mayoría de la sociedad. Cuando decimos “los 70”, nos referimos a un conjunto de prácticas, movimientos, activismos que ocupaban un porcentaje muy pequeño de la sociedad argentina, incluso en el momento de mayor fervor militante. En el caso de las dos primeras décadas del siglo XX, la atmósfera es de una sensibilidad vitalista porque no hay quién escriba un manifiesto o una obra sin poner en juego la categoría ‘vida’. En ese sentido, una historia de la cultura es también la historia de esas formas móviles y minoritarias y cómo impregnan.
   – A propósito de esta atmósfera, hay un gran espacio dedicado a proyectos editoriales como Inicial, Valoraciones, Martín Fierro. Sobre ésta última, apuntás que trata de inscribirse en una tradición literaria nacional, dialogando con las innovaciones del mundo contemporáneo. ¿Qué fue lo que más te sorprendió de esta indagación?
   En el caso de Inicial, vemos un proyecto que se considera de vanguardia, con ideas heredadas de la Reforma Universitaria de 1918. Lo que es digno de remarcarse de este momento histórico es esa vinculación del movimiento universitario, con su ruptura filosófica con el positivismo, y las vanguardias estéticas, que tendrá su piedra de toque con la vuelta de Borges a la Argentina. Está el caso de la revista ‘Clarín’, que es un proyecto en el que participa Carlos Astrada y es de corte mucho más vitalista que las otras. Los primeros textos de Astrada son también fantásticos.
   Las revistas son expresión de un colectivo, un grupo que piensa en una intervención pública. Al hacer esto, se piensa en términos de campos antagónicos, sea explícito o no. Hay un desarrollo histórico que no culmina en la década del 20: en los ’60, ’80 y ’90, de muy distinto modo, existen expresiones culturales muy interesantes y proyectos editoriales increíbles, que en el caso de la década pasada tenían que ver con el cierre de la esfera política, por lo cual las revistas eran el campo de elaboración de posiciones políticas. Las polémicas entre El Rodaballo, El Ojo Mocho, Escena Contemporánea son un ejemplo.
   – Quizás a partir de 2001 se aprecie un quiebre en este sentido. ¿Cómo ves este momento histórico, la última década?
   El escenario político cambió muchísimo con la irrupción del kirchnerismo, que puso un corte tan claramente que hace difícil que quienes estamos de este lado nos peleemos tan duramente entre nosotros como para producir esas polémicas. En general, no hay demasiados canales de diálogo con los otros.
   – Ahora bien, el libro expresa una invitación a la polémica desde un espíritu libertario y vitalista. ¿No te parece contradictorio, desde ese espíritu, adscribir a un gobierno reformista o liberal?
   No, porque tiene que ver con la caracterización del gobierno. En todo caso, es el reformismo práctico más interesante que ha tenido la historia política argentina. Al mismo tiempo, el kirchnerismo se va construyendo, es el modo más intenso de leer lo que se abrió en el 2001, esa dislocación tan fuerte de la institucionalidad representativa y cómo operar ciertas consecuencias para construir una gobernabilidad distinta. En tanto gobernabilidad distinta, es obvio que es constitución de un orden fijo, el Estado es esa institucionalidad que pone regulaciones en funcionamiento. La novedad estriba en que va hacia las instituciones ya conocidas de un modo que es ir escuchando lo que se produce por fuera, todos los enunciados de valores que se producen fuera, se lo reconoce y se lo toma en consideración; Ley de Medios, Matrimonio Igualitario, ese diálogo con lo que desborda y recrea lo hace un movimiento político en estado de apertura y es una dinámica muy interesante.
   – ¿Podríamos llamarlo vanguardista?
   ¡No, es demasiado! No hay voluntad vanguardista en este gobierno.
   (Risas).