La noche del 19 de diciembre de 1997 comprobamos en carne propia aquel dicho que preconizaba que “grandes no son los que nunca se caen; sino los que siempre se levantan”.
La última gran pelea del siglo 20 se llevó a cabo en el mítico Madison Square Garden de New York. El inglés hijo de musulmanes, Naseem Hamed, exponía su título de la OMB en la categoría Pluma por primera vez fuera del Reino Unido, ante uno de los mejores boxeadores de la categoría de los 57.100, el norteamericano Kevin Kelley, un morocho alto y técnicamente sublime.
No debe haber espectáculo más hermoso estéticamente que ver a dos contendientes zurdos danzando al revés de lo que indican los manuales. Allí estaba el púgil local en el centro del cuadrilátero, cortándole la salida al Príncipe, achicándole el ring, estudiándolo. Faltaba un minuto para terminar el primer round cuando Hamed cambió su guardia y se paró como diestro, fue al cuerpo a cuerpo y Kelley, que además de ágil era bicho, le acomodó un gancho de derecha preciso al mentón: primera caída de la pelea, primera caída del campeón mundial como profesional. Los allí presentes no podíamos creer lo que veíamos, ¿perdería Hamed en su primera pelea fuera del Reino Unido?
El Príncipe se levantó y, no sin inconvenientes, logró terminar el primer asalto. En el primer minuto del segundo round, Kelley metió un cross de izquierda que Naseem no alcanzó a esquivar, seguidamente un gancho de derecha que le hizo tocar los guantes con la lona. Contó como caída. El hecho de ser tan versátil y elástico le jugó una mala pasada al campeón. Estaba expuesto a tocar la lona con apenas un empujoncito de Kelley.
A partir de allí, todo el round fue un continuo ejemplo de supervivencia en el ring por parte de Hamed. La pasó feo realmente. Julio Ernesto Vila, el mejor periodista deportivo que ha dado la Argentina, un tipo sabio pero defensor del boxeo ortodoxo, cayó de bruces ante el estilo ecléctico, incomprensible, inclasificable de Naseem. En ese momento, Vila dejó de comentar la pelea y empezó a hinchar para el Príncipe. Al diablo con lo políticamente correcto.
Los allí presentes no queríamos que Hamed pierda, pero lo veíamos mal, a punto de ser noqueado. Estaba mareado, iba al clinch, se abrazaba desesperadamente a Kelley, hasta que pasó el chubasco.
Es difícil llegar a ser rey, pero más difícil es sostener la corona. Naseem fue a buscarlo a Kelley, sabiendo que un gancho más, sólo uno, lo podía enviar a Inglaterra de regreso con las manos vacías.
El reloj de HBO con la cuenta regresiva indicaba que faltaba todavía un minuto quince segundos para terminar el segundo round. Toda una eternidad. El Príncipe continuaba alternando la guardia hasta que en un momento, parado como diestro, le aplicó un cross de derecha a Kelley tan exacto, tan milimétrico, que el norteamericano no podía entender por qué estaba en la lona. La sonrisa del local era de bronca, estaba por ganar por knock out y, de un momento a otro, estaba sentado en el piso.
Trece años después, muchos colegas le dicen a este cronista que en el tercer asalto no pasó nada. En realidad, todo lo contrario. Naseem Hamed dio un ejemplo de cómo sobrevivir. Estaba de visitante, lejos de casa, todo el estadio hinchando para Kelley. Los relatores de HBO se reían socarronamente de cómo el Príncipe iba al clinch, de cómo se sujetaba. Pero le fue efectivo. Kelley apenas pudo conectar un par de golpes de larga distancia, precisos, contundentes, tal como era su estilo, pero de larga distancia al fin. Nada que no pueda aguantar el campeón. Al finalizar el tercer round, las tarjetas lo daban a Kelley arriba por dos puntos. No había discusión, ni siquiera para Vila.
Promediando el cuarto round, cuando el reloj regresivo marcaba 1:35 para finalizar el asalto y mientras el comentarista de HBO se burlaba de los consejos que recibió el Príncipe en su esquina –no entendían aquello del “bim, bim, bim”— Naseem salió a ganar la pelea, nada de pararse como diestro ni de bajar la guardia. En frente estaba el mejor rival con el que haya jamás combatido.
De zurdo, con la pierna derecha adelante, no permitió que Kelley se le acerque. El consejo de sus segundos era llevar a cabo la vieja estrategia de Cassius Clay (“pica como abeja, vuela como mariposa”), de ahí lo de “bim, bim, bim”.
1:35 para terminar el cuarto round. El príncipe mete un zurdazo impecable. Aún hoy, el norteamericano no sabe qué lo golpeó. Cayó desmayado, con el cuerpo muerto sobre su brazo derecho. Se levantó igual, instintivamente. Porque, seamos justos, hay que ser guapo para levantarse después de semejante piña. Más allá de ser un gran púgil técnicamente, hay que tenerlos bien puestos para levantarse. Y Kelley los tenía, por eso se levantó.
1:09 para finalizar el asalto. Derechazo perfecto de Kelley. El riesgo de ser tan elástico le hizo tocar la lona otra vez a Naseem. Apenas puso su guante derecho sobre el piso, el árbitro le contó hasta ocho. Quinta caída de la pelea. La tercera del campeón. Se levantó el Príncipe, se levantó la platea, el palco. Los relatores de HBO, Julio Ernesto Vila también. No quedó nadie en el Madison Square Garden sentado. La atmósfera era insoportable, no había aire en el estadio.
Hemos visto muy buenos boxeadores en el siglo 20, los mejores. Pero sólo dos pegaban retrocediendo: Carlos Monzón y Naseem Hamed. Y sino pregúntele a Kelley. Pensó que le daba vuelta la pelea, pensó que por haberle hecho tocar la lona al Príncipe con el guante derecho, se la podía ganar. Pero grandes no son los que nunca se caen; sino los que siempre se levantan. Naseem se levantó y lo fue a buscar. Kelley se vino confiado y se llevó un par de jabs bien acomodados.
El clima en la meca del boxeo era insoportable. 0:47 para el final del round, ese es el segundo preciso en el que, retrocediendo, Naseem le mete un cross de izquierda memorable, quizás el mejor cross de izquierda que hayamos visto en la historia del boxeo profesional. Usted dirá que el Roña Castro a Jackson le metió uno igual, o Clay a Foreman, pero no. Este fue distinto, no fue una “zurda mágica” sacada de la galera ni “la mano de Dios”, o algo por el estilo. Fue un cross preciso al oído derecho de Kelley. Letal. Fulminante. De esos que nadie se puede levantar. Kelley intentó recuperar la vertical, pero no pudo. Se puso de rodillas. Toda una metáfora. Hamed de pie y el norteamericano arrodillado. Cuando quiso erguirse, tambaleó. El árbitro lo vio mareado y paró la pelea. Knock out técnico en el cuarto round. Así fue.
Durante años he intentado etiquetar el estilo del Príncipe. A veces, creo que es inclasificable, otras, intento buscarle alguna comparación en las disciplinas artísticas como la música, la pintura, la literatura. Se me ocurren Piazzolla, Picasso, el barroco cubano. Lo mejor es no intentarlo, pero es un vicio inevitable del periodismo buscarle una etiqueta.
Su estilo irrumpió en un momento en el que parecía que la novedad ya no existía. Los púgiles clásicos no sabían cómo enfrentarlo. Impredecible, invertebrado, preciso, mano de Welter en categoría Pluma.
Es difícil llegar a ser rey, pero más difícil es sostener la corona. Y esa noche, Naseem Hamed, dejó de ser el Príncipe para ser el Rey. Un vanguardista estético único e irrepetible.
Por Macedonio Ulianov